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Cuidar de sí, para cuidar de otros. Parte 2.

Actualidad,Salud,Sociedad / marzo 25, 2021

Siguiendo con las reflexiones de Fernando Vásquez:

Cuidar nuestra palabra: Nos hemos ido acostumbrando al lenguaje ofensivo, al comentario cizañero, a un vocabulario excluyente y intolerante. Se nos ha vuelto natural apelar a la grosería o el maltrato verbal en las relaciones de familia, de pareja, de la vida laboral. Poco tacto tenemos para elegir los términos más apropiados en una discusión, para buscar el momento oportuno de decir alguna cosa y menos pensamos en la dosis adecuada cuando lanzamos una crítica o hacemos un reclamo. Quizá por el poco cuidado en la palabra es que se exacerban las pasiones y, con ellas, la violencia y las reacciones inmediatas de la fuerza.

Y si uno quiere cuidar la palabra debe empezar por aprender a contenerla, con ello recuperaríamos los beneficios de la escucha y la grandiosidad del silencio. Le hace bien a nuestra salud mental y a nuestras interacciones humanas aprender a callar, “a dejar reposar nuestras palabras”. También cuidar de nuestra palabra es saber ser discreto, entender cuándo un secreto o una confesión nos exige prudencia la cual garantiza la confianza del interlocutor. Mal síntoma tendrá nuestra palabra al volverla moneda para el chismorreo malintencionado o el rumor envidioso.

Cuidar la palabra es, nutrirla, ampliarla, conocerla en sus formas y matices. Que nuestra habla cotidiana no se reduzca a muletillas vulgares, que podamos decir lo que sentimos y pensamos de muchas maneras, que hallemos el tono y el ritmo para que las palabras dejen de ser signos anémicos y recuperen su vitalidad de convocar y crear mundos posibles; que sepamos que con ellas podemos construir los lazos del amor, la solidaridad o el perdón, pero de igual manera, provocar la humillación, el menosprecio y el escarnio. Cuidar la palabra es saberla catar en su mayor exquisitez, cuando se llama poesía, y es también reconocerla y apreciarla en las sencillas formas de saludar, pedir un alimento o interactuar con otros. Porque cuidamos la palabra es que procuramos enriquecer nuestro capital lexical, ampliar nuestro vocabulario, y porque la cuidamos es que sabemos resguardarla de la aburrida charlatanería.

Cuidar nuestro proyecto de vida: ¿Sobrevivimos hoy sin un proyecto de vida que ilumine nuestra existencia?. Nos cuesta entender que un proyecto de vida es lo que marca e ilumina la vida de cualquier ser humano; es lo que jerarquiza nuestras acciones; la clave para diferenciar lo esencial de lo secundario. Cuando mantenemos un proyecto de vida no estás al acecho del aburrimiento y las dificultades son enfrentadas con ahínco y satisfacción. Si uno carece de ese proyecto, andará a tientas por el mundo, cumpliendo deseos ajenos o sirviendo de ratón de laboratorio a los estrategas del mercado.

Estamos demasiado ocupados en satisfacer las urgencias del “afuera”, hemos claudicado en nuestro proyecto personal, ese que está hecho de fortalecer una vocación, una pasión interior; ese que constituye, en últimas, la esencia de nuestra particularidad. Bien parece que preferimos satisfacer las demandas de la época o los gustos pasajeros de una moda, y no invertir en aquello que nos subraya como seres únicos e irrepetibles. Además, resulta vergonzoso el haber convertido la obtención de bienes y artefactos en el único objetivo de vivir. Poco nos interesa cultivar el espíritu, una disposición intelectual, una sensibilidad estética. Con tal de que aumenten nuestras arcas o se multipliquen las pertenencias económicas, lo demás son “boberías” que pueden aplazarse o irse borrando de nuestra lista de adquisiciones.

Cultivar nuestras virtudes: Las virtudes parecen algo del pasado con comportamientos caducos o con poca posibilidad de ser teñidas con cualidades loables u objeto de admiración.

Por ello, es fundamental poner todo nuestro interés en el desarrollo y fortalecimiento de las virtudes. Por ejemplo, qué indispensable resulta adquirir o cultivar la fortaleza para enfrentar las pérdidas, los fracasos, las situaciones adversas que trae la vida; y todavía es más necesaria enseñarla y cultivarla en las nuevas generaciones que se rinden rápidamente ante lo que no resulta al primer intento, y que entran en estados depresivos cuando la realidad confronta sus deseos. O cuánto se requiere de templanza, para no andar al vaivén de las pasiones, para saber dosificar nuestros placeres o actuar moderadamente en situaciones difíciles. Si tuviéramos en nuestro interior una reserva de templanza seguramente seríamos más calmados, menos agresivos y gobernados por la fuerza. Y ni qué decir de la prudencia, esa suprema virtud, tan esencial para nuestras relaciones interpersonales, tan indispensable cuando somos extranjeros o invitados, y tan necesaria al momento de hablar en público. Quizá por falta de prudencia multiplicamos nuestros enemigos y por falta de ella destruimos en el presente los lugares de bienestar de nuestro futuro. Es la falta de prudencia la que nos imposibilita ver el matiz de las cosas, y es la ausencia de prudencia la que nos merma las reservas de tranquilidad para nuestra vejez.

Cultivar las virtudes es, considerar las buenas maneras como una forma de respeto a nuestros semejantes; es concebir la generosidad y la compasión como el mayor grado de humanidad que podemos poseer; es ver en la humildad, no un acto de sumisión o servidumbre, sino un grado excelso de sabiduría en el que la soberbia y la presunción de lo poco ceden su lugar a la sencillez y la generosidad de la abundancia. Cultivar las virtudes es fortalecer capacidades, formar el carácter, forjar un temperamento, darle huella moral a una personalidad.

Cuidar la alegría y la esperanza: Es sano para el cuidado de nuestro ser y de nuestras relaciones interpersonales impregnarlas de más alegría, de más humor y de una alta capacidad para aceptar nuestros errores, nuestras faltas o nuestras torpezas. Si no tenemos esa flexibilidad interior, si somos demasiado “serios” y “duros” en nuestras actuaciones o en el modo como establecemos los vínculos sociales, con seguridad aumentaremos nuestro sufrimiento, provocaremos malestar en nuestros allegados y colegas y terminaremos, poco a poco, convirtiéndonos en seres antipáticos condenados al aislamiento. No permitamos que las aves de la tristeza, al decir de la poetisa Emily Dickinson, “aniden para siempre en nuestra cabeza”; no hagamos de nuestros problemas o dificultades una insalvable y lastimera forma de predestinación.

En consecuencia, si comprendemos el drama de lo humano oscilando entre la comedia y la tragedia, si convertimos la creatividad y el ingenio en aliados para sortear las dificultades de toda índole, si sabemos juntarnos con personas proactivas y emprendedoras, con toda seguridad tendremos una mejor salud en el cuerpo y en el alma. Y lo más importante, hallaremos motivos suficientes para levantarnos con entusiasmo cada mañana y celebrar el milagro de estar vivos.

Lo dicho hasta aquí se hace necesario e importante cuando de quien predicamos esos cuidados es de un maestro o un formador. La apuesta del psicoanalista Massimo Recalcati, de que “el ejemplo sigue siendo el que en verdad enseña y crea adhesiones por parte del aprendiz”. En esta perspectiva, resulta imposible o poco convincente pretender cuidar a otro ser humano, si antes no hemos hecho esa labor de cuidado sobre nosotros mismos. Poco lograremos en nuestras instituciones educativas con maestros que no cuidan de su cuerpo, que no saben establecer relaciones con sus colegas, que poco invierten en su desarrollo intelectual, que convierten su trabajo en un lugar de angustia y desesperanza. Pero si los educadores vuelven sobre sí, si no descuidan el avance equilibrado de todas sus dimensiones, si prestan más atención a sus interacciones y se precian de testimoniar unas cualidades éticas, seguramente ganarán la autoridad de sus discípulos y colegas; solo así conseguirán ser recordados como personas dignas de emulación y seguirán orientando, en la distancia y en silencio, el comportamiento y el destino de sus estudiantes.

Fuente:

https://www.santillanalab.com/cuidar-de-si-para-cuidar-a-otros/